Capítulo 18
Augusto no tenía invitación.
Solo pudo quedarse a la distancia, observando cómo llegaban los autos y descendían de ellos los científicos que habían contribuido al país.
Entonces, la vio.
Jacqueline bajó de un automóvil negro.
Había cambiado.
Llevaba el cabello corto, pulcro, lo que realzaba la elegancia de su cuello.
Vestía un traje perfectamente entallado, el uniforme distintivo de los investigadores y, en el pecho, tenía una credencial roja de representante.
Giró la cabeza para hablar con un señor mayor que caminaba a su lado, su mirada era brillante, firme, y en sus labios se dibujaba una sonrisa llena de confianza.
La luz del sol caía sobre ella y parecía brillar.
Augusto la contempló, sorprendido.
Esa era su esposa.
No. Esa era la investigadora Jacqueline.
Una Jacqueline resplandeciente, que ya no tenía nada que ver con él.
La rodeaban muchas personas, como si nada le impidiera deslumbrar con todo su esplendor.
Augusto intentó correr hacia ella, pero los guardias lo detuvieron con

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