Capítulo 8
Cuando el avión aterrizó en el Aeropuerto Internacional John F. Kennedy y ambos salieron de la terminal siguiendo el flujo de personas, María sintió de inmediato una presión invisible.
En la zona de llegadas, decenas de guardaespaldas formaban un muro humano, creando un espacio vacío que separaba la zona común del resto, atrayendo las miradas curiosas de los viajeros.
En el centro de ese espacio se encontraba un hombre maduro con una presencia imponente.
Antonio López, a sus cincuenta años, conservaba una apariencia bien cuidada, con rasgos faciales marcados y sienes ligeramente encanecidas que acentuaban su autoridad.
Ignoraba el bullicio de la multitud a su alrededor, mantenía la mirada fija en la puerta de llegadas. En su cara se reflejaba una expectación inadvertida, como la de cualquier padre esperando el regreso de su hijo.
María se detuvo, mostrando un gesto de rechazo.
Pero Antonio la reconoció en cuanto apareció, en el primer segundo.
Después de quince años, padre e hija se mi

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