Capítulo 88
Todos estaban muy felices; la mesa estaba llena de bullicio, y los dos pequeños sabían cómo animar a todos. Gabriel no cerró la boca en todo el día, riendo sin parar, mientras Cipriano y Nora, a un lado, se sentían conmovidos; hacía muchísimo tiempo que la casa de los López no había estado tan animada.
Después de la cena, el anciano llamó primero a Manuel a su estudio.
Gabriel se sentó detrás del escritorio con una expresión solemne, igual que en su juventud en el campo de batalla. —Ya que Sari ha regresado y los niños han crecido tanto, deberías ocuparte tú mismo de esas cosas desordenadas y vivir bien con Sari.
—Lo sé —respondió Manuel, mirando a Gabriel; era como afirmarlo para sí mismo. Las cosas de Antonia debían resolverse cuanto antes.
Gabriel sabía que su nieto siempre era así, cargando con todo sin decir nada. Tampoco quiso decir más. —Puedes irte.
Después de que Manuel se marchó, Gabriel llamó a Sara al estudio; esta vez era completamente diferente a antes: amable y cariñoso,

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