Capítulo 126
Su mirada mostró una breve confusión antes de continuar: —Sebastián, sé que esa mina producirá gemas inagotables, pero el diseño de joyas no es lo mío. Mejor; deberías buscar a un profesional.
—Tú eres la profesional. —Respondió Sebastián con una mirada firme. —¿Acaso no lo eres?
Antes de que ella pudiera replicar, Sebastián ya había abierto el contrato dorado y, con sus dedos de articulaciones marcadas, señaló la primera página. —Flor de Cristal, la colección que diseñaste a los diecinueve años, aún sigue siendo una leyenda en las casas de subastas de joyas.
En los ojos ámbar de Sebastián brillaba una ternura profunda mientras decía, palabra por palabra: —Andrea, dejar perder el talento es una verdadera lástima.
Andrea contuvo la respiración.
Apretó los dedos de golpe, y aquellas memorias selladas regresaron poco a poco como una marea:
El polvillo del carbón en las noches de trabajo, los bocetos que Salvador arrojaba al azar y la voz de su padre diciendo una y otra vez: —La señora Var

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