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Capítulo 7

Estuve medio año en Suiza. Vivía en un pequeño pueblo; todos los días leía, salía a pasear y aprendía a hacer postres. No me ponía en contacto con nadie ni seguía las noticias del país. En el celular solo tenía los mensajes cotidianos que Gisela me enviaba a diario. [Hoy se volvió a caer otro proyecto, ¡qué rabia!] [La nueva asistente es bastante torpe; incluso el café lo prepara como si fuera una medicina]. [¡Estoy enamorada! Es un pintor; la próxima vez te lo traigo para que lo conozcas]. Después de leerlos, casi nunca respondía. Pero sí leía cada uno con atención. Saber que ella estaba viviendo bien era suficiente. A finales de otoño, cayó la primera nevada en el pueblo. Yo estaba sentada frente a la chimenea, leyendo, cuando la señora propietaria llamó a la puerta, entró y me entregó una carta. —Señorita Amelia, tiene una carta. Viene de Estados Unidos. Estaba atónita. Tomé la carta y, al ver el remitente, apareció escrito el nombre de [Cipriano]. Los dedos me temblaron ligeramente

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