Capítulo 19
Gisela se estableció en el pequeño pueblo.
Alquiló una habitación de larga estancia en el hotel frente a la casa de Roberto y, cada mañana, se quedaba de pie junto a la ventana, contemplando aquella vieja casa.
La vida de Roberto era muy regular.
Se levantaba a las siete y regaba las flores del patio.
A las ocho salía a comprar comida.
A las diez regresaba a casa y prácticamente no volvía a salir en todo el día.
De vez en cuando recibía a Sandra.
Traía fruta o un ramo de flores.
Cada vez que iba, se quedaba una o dos horas.
Gisela lo había contado con precisión: la vez más larga había sido de tres horas y siete minutos.
Al tercer día, ya no pudo aguantar más.
Cuando Roberto regresaba de comprar comida, lo detuvo en el camino.
—Roberto.
Su voz sonaba ronca.
—Hablemos, solo diez minutos.
Roberto llevaba una cesta de la compra y la miró.
—Señorita Gisela, estoy muy ocupado.
—Solo diez minutos.
Gisela insistió.
—Cuando termine de hablar, me iré.
Roberto guardó silencio durante unos segundo

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