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Capítulo 1

Roberto Velandros acompañó a Gisela Arandez desde la zona minera del noroeste hasta el confín de África, convirtiéndose en una relación basada en el apoyo mutuo. Cuando Gisela cayó en desgracia y se convirtió en el desecho de su familia, él lo apostó todo para acompañarla, convencido de que ella, sin duda, saldría vencedora. Una semana antes, Gisela por fin había ganado. Adolfo, de la familia Arandez, la recibió personalmente de vuelta en Nueva York, asumió el control del poder real y se encontraba en la cúspide de su prestigio. Todos pensaban que esta relación, forjada en el barro, por fin alcanzaría un final perfecto. —¡Roberto, de verdad, después de tanta amargura, por fin llegó la dulzura! El mensaje de voz que le envió su buen amigo Gustavo Rivaldo por Instagram temblaba de emoción. —¡Durante estos tres años Gisela se partió el alma trabajando! Incluso sus amigas dicen que avanzó sin dormir ni descansar, ¡todo para volver cuanto antes y casarse contigo! Roberto sostuvo el teléfono, y en su corazón se extendió una cálida brisa. Bajó la mirada hacia sus dedos envueltos en curitas; eran las marcas que había dejado en los últimos días aprendiendo a hacer arreglos florales en la floristería. Practicaba con enorme dedicación, pensando únicamente en que esa noche, en el banquete de celebración de ella, podría regalarle un ramo hecho por sus propias manos. De pronto, desde fuera de la puerta entreabierta de la floristería, llegó la voz que tanto anhelaba. Era Gisela. —Quiero un ramo de rosas color champán, lo más frescas posible. Su voz se filtró por la rendija de la puerta. —Y envuelvan este anillo junto con las flores. El corazón de Roberto dio un violento salto y enseguida quedó sumergido en una dulzura y una emoción inmensas. Ella, al igual que él, también quería darle una sorpresa al otro esa noche. Pero al segundo siguiente, sonó otra voz familiar. Era Yolanda, amiga de Gisela. —Después de tantos años, aún recuerdas que a David Navarés le gustan las rosas color champán. La voz de Yolanda llevaba un matiz de suspiro. —Él también regresó expresamente del extranjero por ti. Pero esta noche Roberto también irá al banquete de celebración. ¿No temes que arme un escándalo si le pides matrimonio a David? El aire fuera de la puerta pareció congelarse en ese preciso instante. Luego, Roberto escuchó a Gisela hablar con un tono que jamás le había escuchado, tan sereno que rozaba la crueldad. —Entonces no dejaré que se entere. Buscaré una excusa para que no venga. Yolanda guardó silencio unos segundos y suspiró. —Roberto pasó contigo tres años de penurias, vendió el collar que llevaba desde niño para darte el capital inicial; cuando tenías fiebre alta, se sentó veinte horas en un tren sin litera para cuidarte... Todo eso, al final, no puede competir con el poder devastador del primer amor. Gisela, no puedes engañarme, sé que nunca lo olvidaste. Roberto se apoyó en el frío estante de flores; las yemas de sus dedos temblaban, y casi no podía creer lo que acababa de oír. No hubo explicación, no hubo refutación. Gisela, con su silencio, dio la respuesta más cruel. En ese momento, el teléfono vibró de forma abrupta. El mensaje que envió Gisela estaba lleno de ternura, pero cada palabra era veneno finamente destilado. [Roberto, esta noche en el banquete seguro que todos beberán alcohol. Tú eres alérgico, no vayas. Quédate en casa y prepárame una sopa caliente para aliviar la resaca, ¿sí? Cuando termine de cumplir con mis compromisos, volveré enseguida para estar contigo]. Roberto miró fijamente esa línea de texto, levantó lentamente sus dedos rígidos y tecleó una sola palabra en la pantalla. [Bien]. Fuera de la puerta, Gisela parecía haber terminado ya de encargar las flores y le indicó al empleado. —Envíenlas esta noche al salón de banquetes del último piso del Hotel Bahía Real. Los pasos se alejaron. Roberto salió de detrás del estante de flores, con el rostro tan pálido que no tenía ni rastro de sangre. —Justo estoy yendo; llevaré las flores de paso. Roberto entró al Hotel Bahía Real abrazando el ramo de rosas color champán. Tomó una profunda respiración y se colocó la mascarilla. Al abrirse la puerta del salón de banquetes, vio a Gisela de un solo vistazo. Bajo los focos, llevaba un vestido largo blanco que él nunca había visto, un maquillaje exquisito y unos rasgos nobles y contenidos. Nadie habría imaginado que, un mes antes, ella aún se apretujaba con él en la pequeña cocina del apartamento de alquiler, compartiendo un tazón de fideos instantáneos y, sonriendo, pasándole el último trozo de jamón a su plato. Alguien a su lado murmuró en voz baja. —Esta vez Gisela de verdad le dio la vuelta a su destino. —Claro que sí, fue el señor Adolfo quien la trajo de vuelta personalmente. Todos esos desastres del noroeste minero y de África quedaron resueltos. —Dicen que el próximo mes entrará en el consejo de administración... Roberto permanecía en la sombra de un rincón, observando cómo Adolfo subía al escenario apoyado en su bastón y decía con voz potente. —El desempeño de Gisela durante estos tres años está a la vista de todos. A partir de hoy, regresa oficialmente a la familia Arandez y asume el cargo de vicepresidenta del grupo. Un estruendo de aplausos llenó la sala. Gisela tomó el micrófono y agradeció con calma. Luego sonrió, un gesto tan suave que le encogió el corazón. —Aprovechando esta ocasión, también quiero hacer público un asunto personal. La mirada de Gisela se dirigió a algún punto del público, y su voz, amplificada, llegó a cada rincón. —Estos tres años no fueron fáciles para mí. Pero hubo una persona que siempre estuvo a mi lado. —David no solo fue el colaborador más importante en mi camino emprendedor, sino también mi novio durante estos tres años. La voz de Gisela estaba cargada de emoción y determinación; Roberto vio a David ponerse de pie. Con un traje negro a medida, erguido, con los ojos ligeramente enrojecidos, subió al escenario bajo la mirada de todos. Gisela tomó la mano de David y, de cara a los presentes, dijo. —Cuando estuve en mi momento más miserable, fue él quien jamás me abandonó. Este sentimiento siempre lo he guardado en mi corazón. Hizo una seña a su asistente. Un viejo álbum de fotos fue llevado al escenario. La respiración de Roberto se detuvo. Era su álbum. La portada estaba ya desgastada en los bordes, y dentro se encontraban pegados todos los pequeños momentos de su amor a lo largo de esos tres años. Gisela en la zona minera del noroeste, con casco de seguridad y el rostro cubierto de carbón, sonriendo ampliamente a la cámara. Ellos celebrando el primer pedido en el apartamento de alquiler, chocando vasos y salpicando espuma de cerveza por toda la mesa. Ella dormida, agotada sobre el teclado, y el perfil que él había fotografiado a escondidas... Y ahora, Gisela abrió el álbum y lo mostró página por página. —Estas fotos registran cada dificultad que David me acompañó a superar. Sus dedos acariciaban aquellas imágenes con un gesto suave. David bajó la cabeza en el momento justo, mostrando una sonrisa conmovida. Los aplausos volvieron a estallar entre el público, mezclados con elogios. —¡El señor David es realmente leal y afectuoso! —¡La señorita Gisela es fiel, y el señor David entrega todo en silencio, algo tan poco común! —De verdad son una pareja destinada a estar... De pronto, la mirada de Gisela se dirigió hacia donde él estaba, y sonrió mientras hacía un gesto con la mano. —El que trae las flores, por favor, suba y entréguelas. El corazón de Roberto se detuvo un latido. Avanzó rígidamente, se detuvo frente a Gisela y le entregó el ramo. Gisela sacó del ramo la cajita de terciopelo del anillo y, sonriendo a David, dijo. —Aunque que sea una chica quien pida matrimonio pueda parecer un poco recatado, aun así quiero preguntarte. —David, ¿quieres casarte conmigo? La sala entera estalló en euforia, pero Roberto ya no podía escuchar nada. De repente recordó que, tres años atrás, cuando Gisela recibió por primera vez un bono del proyecto, lo llevó emocionada al centro comercial. —Roberto, ¿qué te gusta? ¡Te lo compraré todo! —No hace falta, guarda el dinero para la siguiente etapa. —Eso no vale. Con terquedad, lo arrastró hasta el mostrador de joyería y señaló un par de pequeños anillos de diamantes dentro de la vitrina. —Reservemos primero estos. Cuando gane más la próxima vez, los cambiaré por unos más grandes. Las luces del mostrador eran muy brillantes, pero sus ojos lo eran aún más. Ahora, de verdad, los había cambiado por un anillo de diamantes grande. Y se lo había puesto en la mano de otra persona. Roberto dio unos pasos vacilantes hacia atrás y, en medio de un mar de felicitaciones, se dio la vuelta y se marchó.
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