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Capítulo 3

—Gisela, ¿qué haces aquí? La voz de David llegó desde la puerta del balcón. Su mirada recorrió a Roberto y esbozó una sonrisa suave. —Este debe de ser... ¿Un empleado de Gisela, verdad? ¿Por qué no entras a divertirte? Los dedos de Roberto se contrajeron a su costado, con las uñas clavándose en la palma. Resultó que, en el mundo que ella mostraba a los demás, él no era más que un empleado sin importancia. Gisela se dio la vuelta, con un tono algo incómodo. —David, ¿por qué saliste? David enlazó su brazo con el de ella. —Volví a perder en el juego. Ven a ayudarme a bloquear otra copa de alcohol, ¿sí? Su voz era muy dulce, cargada de dependencia. Esa era una actitud que Roberto nunca había tenido. Era demasiado independiente, tan independiente que incluso cuando enfermaba lo soportaba todo solo, por miedo a causarle problemas. Gisela respondió en voz baja y se dejó llevar por David hacia el salón del banquete. Roberto se quedó en el mismo lugar, mirando las espaldas de ambos, tan pegadas una a la otra. Sonrió con autodesprecio, respiró hondo y obligó a retroceder aquella ridícula humedad en sus ojos. Roberto caminó hasta el vestíbulo y dejó el regalo de cumpleaños para Yolanda. Luego tomó un taxi y fue directo a la empresa. Encendió el computador, ordenó documentos e imprimió la carta de renuncia. Se la entregó a Eugenia; ella la tomó, la recorrió con la mirada y soltó una risa fría. Después la rasgó en dos y la arrojó a la papelera. —Roberto, ¿qué significa esto? Su voz era aguda. —Si no hubiera sido por la señorita Gisela, ni siquiera habrías pasado la entrevista. Ahora que te hemos formado hasta este punto, la señorita Gisela también ha alcanzado el éxito y pensaba poder apoyarse en ti para cooperar con la familia Arandez; y resulta que eres un inútil. Se acercó a Roberto y sentenció, palabra por palabra. —Pero también es normal; mírate, tan pobre, ¿cómo podrías compararte con el prometido de la señorita Gisela, el señor David? Cada frase fue como un cuchillo, clavándose con ferocidad en el corazón de Roberto. Él la miró, incrédulo. Durante esos tres años, Eugenia en verdad lo había tratado bien. Cuando trabajaban horas extra, le llevaba la cena; cuando enfermaba, lo apuraba para que fuera al hospital; incluso en su cumpleaños preparaba en secreto un pastel. Roberto siempre había creído que todo aquello era sincero. Había nacido en una familia rural humilde, y desde pequeño supo que sus padres querían más a su hermano menor, que él no era tan importante como él. Su madre solía decir. —Eres el hermano mayor, debes ceder ante tu hermano. Las heridas de la infancia duran toda la vida. Se esforzó desesperadamente por estudiar, por trabajar, por demostrar que merecía ser amado. Cuando conoció a Eugenia, de verdad creyó que por fin alguien lo trataba bien de corazón, que lo cuidaba como a un hermano menor. Pero resultó que toda esa bondad tenía un precio claramente marcado. La voz de Roberto tembló. —Eugenia, estos tres años mi entrega a la empresa ha sido sincera. —Lo que yo quiero son beneficios, no sinceridad. Eugenia se burló; sacó de un cajón un documento de cooperación y lo arrojó sobre la mesa. —Haz que Gisela lo firme y te aprobaré la renuncia. De lo contrario, no solo tú: también tu buen amigo Gustavo tendrá que largarse. Deberías saber que a su madre acaban de diagnosticarle cáncer, y es justo cuando más necesita dinero, ¿no? El corazón de Roberto se encogió de golpe. Al final, extendió la mano y tomó aquel documento. Cuando salió del edificio de la empresa, ya estaba cerca de la medianoche. Roberto se quedó de pie en el cruce, sintiéndose por primera vez tan perdido. ¿Adónde podía ir? En ese momento, Gisela probablemente estaba acompañando a David, quizá cenando en algún restaurante de lujo, quizá ya lo había llevado de regreso a casa. Sus padres estaban lejos, en su ciudad natal; llamar solo serviría para que le preguntaran: "¿Cuándo vas a mandar dinero?" O: "tu hermano necesita una mano". Gustavo ya estaba hasta el cuello de problemas; ¿cómo iba a tener corazón para añadirle más? El mundo era tan grande y, sin embargo, no había un solo lugar donde pudiera lamerse las heridas. El viento frío sopló; se tapó los brazos y de pronto recordó aquel invierno de hacía tres años. En las barracas temporales de la zona minera del noroeste no había calefacción; él y Gisela se apretaban en una cama estrecha, cubiertos con dos gruesas colchas de algodón. Ella sonreía y decía. —Roberto, cuando tenga dinero, sin falta te compraré una casa grande, le instalaré la mejor calefacción por suelo radiante, para que en invierno ya no tengas miedo del frío. Él entonces solo la abrazó contra su pecho, frotándose para darse calor, y dijo. —No quiero una casa grande, solo te quiero a ti, acompañándome así siempre. Gisela besó su barbilla y dijo. —Te acompañaré toda la vida. Resultó que toda una vida era fugaz, tan corta que solo duró tres años. Había sufrido tanto desde pequeño, y creyó que encontrar a Gisela era la compensación que el destino le concedía. Pero resultó ser otro abismo.

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