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Capítulo 40 Un nombre que le resultaba familiar a Mariana

Celeste se quedó helada; un destello de nerviosismo cruzó velozmente por sus ojos. Al reaccionar, se apresuró a explicar: —Tú misma lo dijiste, son hormonas para engordar. Cualquier cosa que tenga que ver con hormonas seguro no es nada barato. —¿Tú crees? —El tono de Mariana seguía siendo profundamente insinuante. Ese destello de tensión que había cruzado los ojos de Celeste no había pasado desapercibido para Mariana. Era evidente: Celeste sabía perfectamente que esa obesidad había sido provocada a propósito. Lo único que faltaba saber era si fue cosa suya o si alguien más le dio la orden. Y Mariana se inclinaba claramente por lo segundo: detrás de Celeste había otra persona. Mirando a Celeste, Mariana entrecerró sus bellos ojos con una mirada peligrosa y afilada: —Celeste, ¿de verdad... no tienes nada más que decir sobre este asunto? Celeste arrugó la cara, haciéndose la víctima: —¡De verdad no tengo nada que ver, Mariana! ¡Aunque no compartamos sangre, fui tu madre por muchísimos año

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