Capítulo 24
Al encenderse la luz, Amaya se sobresaltó al ver el rostro demacrado de Castillo.
—Castillo, ¿qué crees que estás haciendo?
Al percibir el miedo y la cautela en los ojos de Amaya, una sombra de incredulidad cruzó el rostro de Castillo.
—¿Me tienes miedo?
Amaya intentó apartarlo, pero él la aprisionó entre sus brazos, dejándola sin posibilidad de moverse.
—Entre tú y yo ya no existe ningún vínculo. Lo que estás haciendo ahora pone en riesgo mi seguridad personal.
La mano de Castillo se detuvo; la miró como si no pudiera creerlo.
—¿Dices que yo te estoy poniendo en peligro?
—Eres mi esposa. Deberíamos ser íntimos, inseparables.
Amaya le clavó los dientes en la mano para intentar zafarse de su sujeción.
—Ya nos divorciamos. Lo nuestro terminó hace mucho tiempo y nunca volverá a ser como antes.
Un dolor punzante recorrió el dorso de la mano de Castillo, pero pareció no sentirlo. Apretó a Amaya contra su pecho y se negó a soltarla.
—Sin mi consentimiento esto no puede terminar. Si nos divor

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