Capítulo 8
Jacqueline lo miraba en silencio, con una expresión fría, que no reflejaba ni la más mínima sombra de él.
No dijo una sola palabra, soltó con fuerza su mano, se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia la puerta.
Esa figura de espaldas, delgada, erguida, transmitía una calma resuelta, como si marchara hacia su propia destrucción.
—¡Jacqueline! —Augusto se enfureció ante esa actitud, perdiendo la última gota de paciencia que le quedaba—. Aún te niegas a admitir tu culpa, ¿verdad? ¡Muy bien! ¡Entonces haremos todo conforme a las normas! ¡Martín, llévatela! ¡Mañana al amanecer, que desfile por las calles como castigo!
—Señor... —Martín dudó un momento.
—¡Cumple la orden!
A la mañana siguiente, en el camino que conectaba las casas de militares con la vía principal, ocurrió una escena que atrajo la atención de todos.
Jacqueline llevaba colgado del cuello un pesado cartel de madera, escoltada por dos soldados armados, caminando por el centro de la calle.
A ambos lados del camino, se amontonaban residentes y transeúntes, todos observando con atención.
Apuntaban con el dedo, murmuraban y comentaban.
—¡Dios mío! ¿No es ella la esposa del señor Augusto? ¿Qué le pasó...?
—Dicen que fue ella quien mandó a un delincuente para agredir a Daniela. ¡Quién lo diría! Siempre parecía tan dulce y amable...
—¡El corazón humano es impredecible! ¡Atacar a una mujer es un crimen grave!
—¡Bien merecido! ¡Mostrarla en público es un castigo ligero!
Tomates pasados, huevos podridos, incluso, piedras empezaron a volar hacia su cuerpo.
Jacqueline bajaba la cabeza, con la mirada vacía fija en el camino frente a sus pies.
Su cara estaba manchado de huevo y verduras podridas, su cabello cubierto de suciedad. Una piedra golpeó su sien, produciéndole un dolor punzante y sudor caía por su frente.
No sentía vergüenza, tampoco sentía dolor.
Los sentimientos en su interior ya estaban muertos.
En ese momento, una piedra más afilada, lanzada con mayor fuerza, la golpeó con violencia.
Se escuchó un golpe sordo.
La vista de Jacqueline se volvió negra, su cuerpo tambaleó y cayó al suelo.
Antes de perder el conocimiento, le pareció ver, entre la multitud, cómo Daniela retiraba su mano. Mostró una sonrisa triunfante.
...
Cuando volvió a abrir los ojos, se encontraba en una celda de confinamiento.
Jacqueline tenía la cabeza envuelta en vendas y sentía dolor en cada rincón de su cuerpo.
Desde afuera de la celda, llegaban voces reprimidas.
Era Daniela y Víctor.
—Víctor, no hagas eso... Al fin y al cabo, ella es tu madre. Hacerla desfilar por las calles y luego encerrarla en la celda ya es suficiente castigo. ¿De verdad quieres someterla a descargas eléctricas? Eso es demasiado.
—Daniela, eres demasiado buena. Ella siempre ha sido hostil contigo, te ha hecho la vida imposible. Solo cuando reciba el castigo que merece dejará de hacerte daño.
—Pero...
—No hay ningún "pero". Quédate tranquila, no dejaré que le pase algo, solo será una lección. Ayúdame a vigilar afuera.
La puerta de la celda se abrió apenas un poco.
La pequeña figura de Víctor se deslizó hacia adentro, con un cable eléctrico en la mano, quién sabe de dónde lo había conseguido.
Jacqueline no tenía fuerzas. Observó a su hijo acercarse con una mirada fría y desconocida.
—Víctor... ¿qué vas a hacer? —Su voz estaba ronca.
—Mamá, voy a darte una lección, para que nunca más te atrevas a molestar a Daniela.
Miró la mirada que Daniela lanzaba desde la rendija de la puerta. Víctor arrastró con esfuerzo a la débil y exhausta Jacqueline hasta una vieja silla de hierro junto a la pared. Luego, con ese cable, ató sus muñecas a los apoyabrazos metálicos.
—Mamá, así te acordarás. Tendrás que obedecer a papá y tratar bien a Daniela.
Dicho esto, dio dos pasos atrás y enchufó el otro extremo del cable en un tomacorriente junto a la pared.
Un sonido eléctrico resonó en el aire...
¡Una violenta descarga eléctrica recorrió todo el cuerpo de Jacqueline!
—¡Ah...!
Convulsiones brutales y un dolor imposible de describir arrasaron cada uno de sus nervios.
No pudo contener los gritos y su cuerpo se sacudía sobre la silla de hierro.
Antes de que su visión se hundiera por en la oscuridad, vio en la entrada cómo Daniela se cubría la boca, con una sonrisa en los ojos.
Jacqueline sintió que había muerto una vez.
Cuando recuperó la conciencia, estaba acostada en la cama de su casa. Augusto se sentaba a su lado, con mala cara.
Al verla abrir los ojos, habló con un tono complicado. —¿No fue solo un desfile por la calle? ¿Cómo terminaste en este estado?
Jacqueline cerró los ojos, no quería mirarlo.
—¡Jacqueline, habla! —El tono de Augusto se volvió impaciente—. ¡Soy tu esposo! ¡Cualquier problema que tengas, puedes decírmelo!
Jacqueline abrió los ojos y lo miró. Su mirada estaba vacía y su voz áspera. —¿Y serviría de algo decírtelo?
—¿Cómo que si servirá?! —Augusto se enfureció—. ¡Habla! ¿Qué fue lo que pasó?
—Tu buen hijo, Víctor —dijo Jacqueline con lentitud, con una claridad pesada y cortante—. Junto con Daniela, me aplicó descargas eléctricas.
Augusto se quedó paralizado. Luego arrugó más la cara y casi por reflejo lo negó. —¡Imposible! ¡Víctor solo tiene cuatro años! ¿Qué puede entender? ¡Y Daniela jamás haría algo así! Jacqueline, ¿no será que te golpeaste la cabeza y estás teniendo alucinaciones?
Jacqueline lo miró fijamente. En su cara no había el menor intento de ocultar la desconfianza y el fastidio ante lo que él consideraba una falsa acusación. De pronto, soltó una risa baja.
Esa risa era seca, desoladora, cargada de una burla infinita.
—¿Ves...? —dijo sonriendo, mientras las lágrimas caían con más fuerza—. Otra vez no me crees. Las promesas que no puedes cumplir, no las hagas.