Capítulo 2
Al ver los ojos enrojecidos de Rosaura, el corazón de Ernesto dio un vuelco sin razón aparente.
Un segundo después, la comisura de sus labios se curvó en una sonrisa encantadora, relajada y seductora.
—Querida, si no me caso contigo, ¿acaso quieres que me quede soltero toda la vida?
Soltó la mano que rodeaba la cintura de Rosaura y, en su lugar, tomó su mano helada y la colocó sobre su pecho.
—Perdóname, amor. Que tengas que hacerme una pregunta así es un error mío, no te he dado suficiente seguridad.
Tomó su mano y la fue deslizando desde su pecho hacia abajo, hasta dejarla sobre la cremallera de su pantalón de vestir.
—Tócalo. Solo reacciona contigo.
Al sentir la erección bajo el pantalón del hombre, Rosaura retiró la mano como si la hubiera electrocutado.
Retrocedió medio paso con nerviosismo, hasta que su espalda chocó con el lavabo.
—Ya entendí.
—Hace calor aquí, salgamos un momento.
Ernesto soltó una risa baja y, sin soltar su mano, entrelazó sus dedos con los de ella y la guio hacia afuera.
Pero en lugar de llevarla de regreso al salón privado, la recostó en el asiento trasero de un auto de lujo.
—Querida, tú me provocaste, ahora tienes que hacerte cargo...
El aliento cálido del hombre le acariciaba el oído, provocándole un leve escalofrío.
Sus labios ardientes se posaron sobre su cuello, mientras los botones de su blusa comenzaban a desabrocharse.
Rosaura tenía la mente hecha un caos. Estaba a punto de empujarlo cuando, de pronto, el timbre insistente de una llamada rompió el silencio en el auto.
Ernesto no pensaba contestar, pero Rosaura recogió el celular que había caído a un lado y se lo tendió.
—Contesta. ¿Y si es algo urgente?
Ernesto estaba a punto de rechazar la sugerencia, pero al mirar la pantalla, cambió de opinión en un instante.
—Está bien, como tú digas, amor.
Tras decir esto, le dejó un suave beso en la frente y salió del auto para atender la llamada.
A través del cristal de la ventana, Rosaura lo vio contestar con una sonrisa tierna.
Un momento después, él volvió a abrir la puerta del auto, y en su mirada hacia Rosaura se notaba un leve matiz de disculpa.
—Querida, surgió un asunto urgente en la empresa. ¿Te parece si pido al chofer que te lleve a casa?
Rosaura esbozó una sonrisa forzada y negó.
—No hace falta, voy a pasear un poco y luego tomaré un taxi.
Ernesto le acarició la cabeza con ternura. —Está bien, amor.
—Vuelve temprano y, cuando llegues, mándame un mensaje, ¿sí?
Rosaura asintió y enseguida bajó del auto.
Se quedó quieta unos segundos, mirando cómo el auto de Ernesto se alejaba poco a poco, y luego alzó la mano para detener un taxi.
—Siga ese auto que va adelante.
Para que Ernesto mostrara una sonrisa tan suave, tan llena de calidez, y para que se marchara con tanta prisa... Rosaura no podía imaginar a otra persona que no fuera su prometida.
El conductor no hizo preguntas. Aceleró el auto y lo siguió.
El auto de lujo se detuvo frente a un edificio de apartamentos de alta gama.
Rosaura frunció ligeramente las cejas al reconocer el lugar.
Antes de que pudiera reaccionar, Ernesto ya había bajado del auto.
Estaba recostado sobre la puerta, y en sus ojos se notaba una impaciencia contenida.
Pocos segundos después, una figura delicada y encantadora se arrojó a sus brazos.
Los dos se abrazaron con fuerza. Ernesto dejó un beso entre las cejas de la mujer, y en su mirada había una ternura y contención que Rosaura jamás le había visto.
Al ver esa escena tan íntima, el corazón de Rosaura sintió como si lo cortaran en pedazos, una agonía sangrante que la desgarraba desde dentro.
Pero el golpe final llegó un segundo después, cuando por fin vio con claridad la cara de la mujer. Fue como si un rayo la atravesara por completo.
La prometida de Ernesto no era otra que la estudiante de escasos recursos a la que había patrocinado durante años...
¡Camila Arandéz!
Quince años atrás, durante un viaje, Rosaura se había topado con una niña que rebuscaba comida en la basura.
Era una niña de ocho años, tan delgada como un gatito.
Movida por la compasión, y también por compartir el mismo apellido que la familia Arandéz, Rosaura decidió brindarle ayuda económica por muchos años.
Desde que terminó aquel viaje, Rosaura no volvió a ver a Camila en persona. Su contacto se limitó a una comunicación constante en línea.
A medida que la niña fue creciendo, empezó a pedir cada vez más dinero, y Rosaura jamás sospechó de nada. Cuando se enteró de que Camila iría a estudiar a Houston, incluso le prestó temporalmente uno de sus apartamentos.
Para no interferir en la vida de Camila, Rosaura rara vez la contactaba, mientras que Camila solía compartirle con entusiasmo detalles de su vida cotidiana.
Rosaura jamás habría imaginado que la prometida de Ernesto sería justamente Camila...
Pero antes de que pudiera pensar con claridad, el auto de lujo ya se había alejado con elegancia. Rosaura reaccionó de inmediato y pidió al taxista que lo siguiera.
El auto llegó hasta una antigua zona residencial. Ernesto bajó primero y, con cortesía, abrió la puerta para que Camila descendiera.
El padre de Ernesto, David Barrera, y su madre, Silvia, los esperaban en la entrada. Al verlos llegar, sus expresiones se iluminaron con una amplia sonrisa.
—Señor David, señora Silvia, hoy los molestaré de nuevo.
—Ay, ¿cómo que señor David y señora Silvia? Ya deberías decirnos papá y mamá.
Rosaura observaba desde cierta distancia. Contemplaba la escena armoniosa de aquella familia, con la mirada completamente helada.
En tres años de relación, ella nunca había conocido a los padres de Ernesto.
Cada vez que lo mencionaba, él le pedía que esperara, que ya llegaría el momento adecuado.
Pero ahora entendía que lo que Ernesto esperaba no era el momento adecuado, sino a la persona adecuada.
Un dolor desgarrador comenzó a expandirse desde su pecho. Quería confrontarlo, exigirle una explicación, pero se dio cuenta de que ni siquiera tenía el derecho para hacerlo.
Contuvo la agonía en silencio y se quedó esperando a la distancia, hasta que la noche cayó por completo. Finalmente, volvió a verlos.
Camila se acurrucaba en los brazos de Ernesto, y él la miraba con ternura infinita en los ojos.
Una vez de regreso en el auto, Ernesto sacó un collar de diamantes y lo colocó en el cuello de Camila.
Rosaura lo reconoció al instante: era un collar fabricado con diamantes de la más alta calidad.
Ella también tenía uno... pero el suyo estaba hecho solo de fragmentos de diamante.
Un obsequio promocional del verdadero collar.
Se quedó de pie, paralizada. Sentía ganas de llorar y de reír al mismo tiempo. Todo su cuerpo le dolía como si se estuviera partiendo en mil pedazos, pero su corazón, extrañamente, parecía haberse asentado dentro de esas grietas.
Su relación de tres años llegó a su fin esa misma noche.
Se dio la vuelta con intención de huir, pero sus piernas parecían haberse convertido en plomo. No podía moverse.
Mientras tanto, sentado ya frente al volante, Ernesto alcanzó a distinguir claramente, a través del parabrisas, una silueta familiar.