Capítulo 3
Rosaura estaba parada al borde del camino, con los ojos hinchados por el llanto, aunque ya no le quedaba ni una lágrima por derramar.
De repente, unos maleantes se acercaron tambaleándose.
—Señorita, ¿por qué llora sola aquí? ¿La dejó un hombre?
Los demás se echaron a reír al escuchar eso.
—¡Eso, eso! Tiene una mirada tan triste... déjanos acompañarte un rato y verás que te animamos.
Al terminar de hablar, los hombres se acercaron, la rodearon y le tomaron la mano, intentando llevársela.
Desde dentro del auto, Ernesto pisó el freno de golpe. A su lado, se oyó la voz confundida de Camila.
—Ernesto, ¿conoces a esa chica?
Frustración y dolor se mezclaron en la mirada de Ernesto. Tras vacilar un segundo, respondió con voz grave:
—No la conozco.
Inmediatamente volvió a arrancar el auto, pero justo al pasar junto a Rosaura, sus ojos se cruzaron con los de ella, enrojecidos.
En ese instante de encuentro visual, el corazón de Rosaura dio un vuelco.
Observó con impotencia cómo Ernesto se alejaba en el auto. Sintió que en su pecho se abría un enorme agujero por donde la sangre brotaba sin control, un dolor tan intenso que ni siquiera era visible.
Pero no tuvo tiempo para pensar más, pues los maleantes ya la estaban arrastrando hacia lo profundo del bosque.
Rosaura luchaba desesperadamente y pedía ayuda, pero recibió una cachetada brutal.
La sangre brotó de inmediato por la comisura de sus labios. La vista se le nubló y su cuerpo colapsó contra el suelo.
Los maleantes no tenían intención de dejarla. La arrastraban hacia lo más denso del bosque.
La piel expuesta se desgarraba con las piedras, dejando tras de sí un rastro de sangre que estremecería a cualquiera.
Rosaura soportaba el dolor punzante, buscando con desesperación cualquier objeto que pudiera usar como arma.
Finalmente, encontró una piedra. Cuando uno de los hombres se inclinó sobre ella, lo golpeó en la cabeza, abriéndole una herida sangrante.
Pero estaba sola, y aunque tuviera un arma, no era rival para varios hombres adultos.
No pasó mucho tiempo antes de que se agotara por completo.
El hombre herido recogió otra piedra y se la lanzó. La sangre empezó a correrle por la frente, nublándole la vista.
Un segundo antes de desmayarse, escuchó el sonido de una tela rasgándose.
Cuando Rosaura volvió en sí, lo primero que vio fue la pared familiar de una habitación.
Al notar que había despertado, Ernesto, quien había estado a su lado toda la noche, le tomó la mano de inmediato.
—Mi amor, por fin despertaste. Por suerte llegué a tiempo. ¿Te duele algo más?
Su mirada perdida comenzó a enfocarse poco a poco. Rosaura parpadeó con esfuerzo, y sus ojos se encontraron con los de Ernesto, llenos de preocupación.
Su corazón y su nariz se encogieron de dolor al mismo tiempo, y las lágrimas brotaron de golpe.
—Ernesto, ¿no crees que deberías darme una explicación?
Ella se mordió el labio, y la voz que salió de su garganta estaba cargada de aspereza.
Al encontrarse con la mirada acusadora de ella, Ernesto apretó los labios con fuerza, su expresión se volvió sombría, profunda e insondable.
—Cariño, deberías tener clara la diferencia que existe entre nosotros.
—Como heredero del Grupo Brisa, me es imposible casarme con una mujer sin identidad ni estatus.
—Camila es la hija de la familia Arandéz. Necesito casarme con ella, pero eso no significa que tenga intención de terminar contigo.
—No te preocupes, no permitiré que Camila descubra tu existencia.
Al ver la absoluta seriedad en sus ojos, Rosaura quedó paralizada en el acto.
Soportando el dolor que le quemaba la garganta, insistió en preguntar.
—Ernesto, ¿entonces qué soy yo para ti? ¿Tu amante?
Aunque ya había decidido marcharse, necesitaba una respuesta clara.
—Asignarle cualquier título a nuestra relación no sería del todo preciso. Cariño, solo necesitas saber que te amo.
Ernesto habló con suavidad mientras levantaba la mano para acariciar la mejilla de Rosaura, pero ella se giró para evitarlo.
Al escuchar su respuesta, sintió como si una enorme piedra se hubiera atado a su pecho, arrastrándola hacia un abismo sin fondo.
Giró la cabeza y dijo con voz apagada:
—No quiero ser la tercera en la relación de nadie. Así que... separémonos.
Al oír eso, el semblante de Ernesto se endureció de inmediato, y su mirada se volvió repentinamente afilada.
Le sujetó el mentón a Rosaura, obligándola a mirarlo.
—Cariño, no juegues conmigo con estos pequeños berrinches.
—Ya te lo dije: aunque me case, eso no afectará la relación entre nosotros.
Su tono era indiferente, al igual que su expresión, pero la posesividad en sus ojos era aún más intensa.
Al observar la mirada obstinada de Rosaura, Ernesto arqueó una ceja y una sonrisa atractiva se dibujó en la comisura de sus labios.
—Parece que todavía no puedes aceptar la realidad. En ese caso... no me queda más remedio que hacerte ceder en la cama.
Con un "clic" seco, Ernesto se desabrochó el cinturón y lo arrojó a un lado.
Al darse cuenta de lo que pretendía hacer, Rosaura luchó con todas sus fuerzas, pero Ernesto le sujetó con firmeza la muñeca.
Por más que se debatiera, fue inútil.
—¡Suéltame!
—Cariño, no te resistas. No quiero lastimarte.
Dicho esto, inclinó la cabeza de golpe y besó sus labios con una ternura aparente.
—Cariño... nunca te vayas de mi lado...
Ernesto susurró junto a su oído, con una voz cargada de una posesividad enfermiza.
Dentro de la habitación se escuchó el sonido de la ropa desgarrándose, y Rosaura cerró los ojos con dolor.