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Capítulo 12

—¿Señor… Alejandro? Antes de que la voz terminara de extinguirse, Alejandro ya había perdido la compostura. ¿Cómo podía llamarlo de una manera tan extraña y desconocida? Pero, antes de que pudiera decir nada más, Diego, sin hacer el menor ruido, dio un paso al frente y se interpuso entre ambos, con una sonrisa apenas perceptible, cargada de burla. Al segundo siguiente, Diego se giró para bloquear su línea de visión y, con un gesto experto, colocó su abrigo sobre los hombros de María. —María, afuera hace viento; volvamos adentro. María asintió y se marchó, sin siquiera aminorar el paso al cruzarse con él. Al ver cómo ambos se alejaban con tanta intimidad, Alejandro se quedó allí de pie, con la mirada vacía, como si le hubieran arrancado el alma del cuerpo. Cuando volvió en sí, impulsado por su falta de resignación, quiso perseguirlos, pero un grupo de guardaespaldas le cerró el paso, obligándolo a observar impotente cómo María subía al auto de Diego y se marchaba con total tranquilidad.

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