Capítulo 1
Mariana Mireles era una chica correcta, siempre obediente a las normas; Carlos Paredes, en cambio, era un mujeriego empedernido.
En cuanto se anunció su matrimonio, la gente del círculo apostó que aquella unión absurda no duraría ni un año.
Pero nadie sabía que, en un circuito a las afueras de la ciudad, Carlos la besaba con intensidad dentro del carro.
—¿Cómo es posible que después de tantos besos todavía no sepas ni cambiar el aire?
Carlos inclinó la cabeza, besó su lóbulo y su mano se deslizó bajo la falda.
—Carlos, no hagas esto; hay cámaras en el carro...
—¿Y qué? —Carlos chupó su cuello, dejando una marca roja bien visible.
—Mejor aún si lo graban, así queda de recuerdo.
—Quiero que todo el mundo sepa que eres mía.
Mariana no pudo imponerse a él. Solo alcanzó a aferrarse a su traje de piloto, dejando que él la arrastrara a ese remolino fuera de control.
Cuando todo terminó, Carlos se vistió y abrió la puerta del carro.
—Luego tengo una fiesta. No te gustan esos ambientes, ¿quieres que el chofer te lleve a casa?
Se volvió a mirarla, con un dejo de burla aún en los ojos.
—Si los que creen que eres tan correcta supieran lo que haces conmigo en el carro, se llevarían una gran sorpresa.
A Mariana le ardieron aún más las orejas. Lo empujó con timidez: —Ya vete.
Al ver la espalda de Carlos alejarse, se quedó un instante perdida.
Mariana siempre había sido una persona que seguía las reglas, alguien incapaz de expresar alegría, enojo, tristeza o placer.
Un año atrás, Carlos irrumpió en su vida a su manera arbitraria e irrazonable.
Jamás imaginó que, con el corazón desbocado por los deportes extremos, podría sentir dulzura.
Él la llevaba a correr a toda velocidad y aceleraba de golpe cuando ella abría los ojos. La arrastraba a lanzarse en paracaídas, obligándola a mirar el mar de nubes al caer.
Con ese desorden sobrecogedor, casi violento, le enseñó que podía tener miedo, que podía gritar, incluso que podía enojarse.
Frente a Carlos, Mariana podía mostrar sus emociones reales, y ese corazón congelado durante tanto tiempo se derretía con cada latido.
Ella llegó a creer que, tras la fachada frívola de Carlos, se escondía un amor sincero solo para ella.
Pero cuando recordó que aún llevaba en el bolsillo un regalo que no había podido darle y fue tras Carlos hasta la sala de descanso.
Lo vio inclinarse y besar la frente de otra chica.
—¿Ahora estás contenta?
—Acabo de llevar a Mariana a correr. Pasamos la curva más peligrosa; estaba tan asustada que se le fue el color de la cara.
—Camila, así ya deberías creerme: en mi corazón solo estás tú. Todo eso de buscar emociones fuertes fue solo un truco que inventé para ponerte celosa y hacerte sentir mal.
El tono frío y despiadado en su voz hizo que Mariana se detuviera en seco.
Vio cómo la chica llamada Camila rodeaba la cintura de Carlos con los brazos.
—Eres el mejor conmigo.
—¿Y con Mariana? ¿No sientes nada por ella? Si algún día me siento mal, ¿puedes seguir usándola como hoy para hacerme feliz?
—Claro que sí. —Respondió Carlos sin la menor vacilación.
Incluso soltó una risa baja: —Es una persona aburrida. Que pueda hacerte reír ya es una bendición para ella.
Camila quedó satisfecha, pero luego pareció recordar algo: —¿Y si algún día ella se da cuenta?
Al oír eso, Nicolás, que estaba a un lado, soltó una carcajada burlona y tomó la palabra: —Camila, no te preocupes. Mariana es facilísima de contentar. Carlos solo tiene que decirle un par de palabras bonitas y ella se emociona por días.
Varias voces masculinas se sumaron enseguida: —La última vez que hicieron paracaidismo temblaba entera. Carlos dijo que quería mostrarle el mundo y ella saltó. Terminó en el hospital, vomitando, y aun así le pidió que no se preocupara.
—Y lo de las carreras fue todavía mejor. En las curvas se le puso la cara blanca. Carlos dijo que así se veía más viva; ella tomó medicamentos y lo acompañó hasta el final, incluso lo consoló.
—¡Se convence sola hasta ese punto! Aunque Carlos la llevara corriendo hacia un precipicio, ella pensaría que eso es amor verdadero.
Cada una de esas palabras se transformó en imágenes nítidas, crueles, que se abalanzaron sin piedad sobre la mente de Mariana.
Aquellos momentos en los que había dependido de él en medio del miedo no eran intentos de comprensión, sino burlas cargadas de malicia.
Mariana alzó la vista hacia ese rostro tan familiar, esperando que él abriera la boca para negarlo todo.
Pero Carlos tenía una sonrisa en los labios, como si escuchara una broma irrelevante.
Incluso estrechó un poco más a Camila entre sus brazos.
—Ya basta. ¿De verdad Mariana merece que hablen tanto de ella? Si luego Camila se pone celosa, no va a ser fácil contentarla.
El tono de Carlos se volvió más grave, con una seriedad inusual:
—Camila, me casé con Mariana porque en mi familia no aceptaban tu condición física. Querían a alguien sano. Mariana no es querida en su casa, y no tiene a nadie que la respalde; es la más fácil de controlar.
—Solo así puedo protegerte al máximo, cuidarte con tranquilidad y esperar a que en el futuro haya una oportunidad...
Mariana entendió perfectamente lo que eso significaba: ella no era más que un escudo desechable en cualquier momento.
Y aquellas debilidades que había expuesto con sinceridad se habían convertido ahora en el arma con la que él la dominaba.
Era cierto: era fácil de manejar. Incluso si en ese instante sacara todo a la luz, el matrimonio concertado no se rompería.
Desde los siete años, cuando su hermana menor se ahogó en la piscina, su familia empezó a señalarla y a insultarla:
—¿Por qué no fuiste tú la que murió? ¡Todo es culpa tuya por no obedecer las reglas y no cuidar bien de tu hermana!
Todos daban por hecho que debía ser dócil y correcta, expiando su culpa día tras día.
Hasta que, en una cena familiar, su madre volvió a sacar el tema. Carlos dejó caer el vaso con fuerza: —¡Basta ya!
—Mariana también tenía solo siete años. ¿De quién era la responsabilidad de vigilar? No hace falta recordarlo: ustedes, como padres, siempre supieron muy bien a quién culpar.
Tomó de la mano a una Mariana paralizada y se la llevó, dándole la espalda a todos.
No se detuvieron hasta llegar al jardín. Cuando Carlos vio las lágrimas de ella, se quedó rígido.
—Acabo de defenderte.
—No me digas que ahora vas a ser ingrata y a reprocharme por haber regañado a tus padres.
Mariana negó con la cabeza y dijo con total seriedad: —Gracias.
Él volvió a mostrar esa sonrisa de siempre y levantó la mano para revolverle el cabello.
—¿Gracias por qué? Simplemente no soporto que alguien se atreva a maltratarte.
Desde aquel día, Mariana guardó a Carlos en lo más hondo de su corazón.
Y solo ahora comprendía que aquella supuesta salvación no había sido más que una broma cruel.
Nunca hubo nadie que realmente quisiera ayudarla.
Tal vez debió haber sido como su hermana, hundirse para siempre en aquella piscina.
La voz de Carlos cayó sobre ella como un balde de agua helada, arrancándola de golpe de sus recuerdos:
—Bueno, ya está. Voy a salir con Camila. Ustedes encárguense de tapar esto, que no se filtre nada.
Al terminar de hablar, Carlos tomó a Camila de la mano y caminó hacia la puerta.
Mariana dio un paso atrás por instinto y se escondió en la esquina del pasillo.
Las risas pasaron frente a su escondite y se fueron alejando poco a poco.
Mariana aflojó el puño que había mantenido apretado y miró el regalo en la palma de su mano.
La caja contenía un prendedor masculino de pareja, preparado para la cena del aniversario de bodas de esa noche.
Pero ya no iba a servir.
Arrojó la caja al basurero, junto con los sentimientos que había entregado en vano durante todos esos años.
Cerró los ojos por un instante. Luego tomó el celular y marcó un número sin nombre guardado.
—Jairo, soy Mariana.
—¿Sigue en pie eso del matrimonio por contrato que mencionó antes?