Capítulo 22
Rosaura regresó a la villa y desde lejos ya percibía el aroma.
Gustavo había cocinado una olla de sopa de pollo con hongos, fragante y sumamente deliciosa.
Por fin, las cejas y los ojos de Rosaura se iluminaron con una sonrisa genuina.
Gustavo siempre había sido un hombre amante de la vida, le encantaba leer, escribir, hacer deporte, tomar fotografías, jugar ajedrez... Y también disfrutaba mucho de experimentar en la cocina.
En el pasado, para ofrecerle a ella una vida mejor, se había convertido en una máquina de trabajo sin alma, y sin tiempo para saborear la vida.
Pero de ahora en adelante, tendría todo el tiempo del mundo para disfrutar momentos como ese.
Padre e hija comieron felices.
Después de la comida, ambos se prepararon para ir en bicicleta hasta la orilla del río Tajo para hacer la digestión.
Apenas salieron de casa, vieron a lo lejos dos siluetas.
Una era Ernesto.
La otra, Abelardo.
Rosaura parpadeó, creyendo por un instante que era una alucinación provocada por algo que ha

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