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Capítulo 20 El final

Unos días después. En el centro del Santuario, Luisa y Damián celebraban una boda grandiosa. En una vieja cabaña de madera en las afueras. David y Esteban estaban acurrucados en un rincón, sobre un montón de paja. Sus cuerpos ya estaban completamente carcomidos por la invasión de toxinas, desprendiendo un hedor desagradable. —David... La voz de Esteban era débil. —Tengo mucho frío. David no respondió; sus ojos ya estaban ciegos, consecuencia de las toxinas que habían llegado a su cerebro. Con las manos temblorosas, sacó algo de su pecho. Era un par de rodilleras sucias. Eran lo único que habían logrado sacar de la tribu que pertenecía a Luisa. —Póntelas... David tanteó a ciegas y colocó una rodillera sobre la rodilla ulcerada de Esteban y la otra sobre su propia pierna. Las rodilleras estaban muy gastadas y no abrigaban en absoluto. Pero, aun así, ambos parecían sentir cierto calor, y en sus rostros apareció una leve sonrisa de satisfacción. —Qué calorcito... Murmuró Esteban. —¿Es ella
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