—Grita.
La voz de un hombre me dio la orden.
Su voz era ronca, y cada respiración que exhalaba caía sobre mi cuello.
Mordí mi labio inferior, y mis dedos se clavaron con fuerza en las sábanas bajo mi cuerpo.
Demasiado profundo.
El David Arandéz que tenía frente a mí, no era el que había conocido antes; era como una bestia en celo, sin ternura alguna en sus movimientos, impulsado únicamente por un deseo puro de depredación.
—Habla, Luisa Montalvera. —De repente me sujetó la barbilla con violencia, casi hasta romperla—. ¿No eres buena para gritar? Dime, ¿quién soy?