Webfic
Abra la aplicación Webfix para leer más contenido increíbles

Capítulo 8

Rosa había regresado a la oficina hacía poco cuando su celular vibró. Era un mensaje de la madre de Francisco, breve pero imperativo. [Estoy en la cafetería frente al edificio de la empresa. Baja ahora mismo]. Se levantó y tomó su abrigo. Norma estaba sentada en una esquina junto a la ventana, vestida con un traje de cachemira finamente confeccionado y un maquillaje impecable. Al ver a Rosa acercarse, apenas levantó el mentón para indicarle que tomara asiento. —Señora Norma. —Rosa se sentó frente a ella. Norma no ofreció ningún saludo. Sacó un documento de su bolso de mano y lo empujó suavemente hacia ella. —Ya que Francisco está decidido contigo, no quiero ser la suegra malvada. Lo dijo con voz serena, incluso con un dejo de resignación perfectamente calculado, como si fuera ella quien estuviera haciendo una gran concesión. —Pero hay cosas que deben aclararse desde antes. Algunas cosas deben decirse antes del matrimonio. Francisco no se atreve a hablarte de esto, así que me toca a mí hacerlo. [Acuerdo Prenupcial]. Esa frase en negritas, centrada en la primera página, se clavó como una aguja en su campo visual. El frío le recorrió desde la punta de los dedos hasta el pecho. Norma levantó su vaso de agua y tomó un pequeño sorbo. —Estos años que has estado con Francisco han sido duros, lo reconozco. Y lo que has obtenido hasta ahora, desde una mirada mundana, es bastante considerable. Pero para la familia Gómez, eso no significa nada. Con cada frase de Norma, los dedos de Rosa, ocultos bajo el abrigo, se apretaban con más fuerza. Rosa abrió el acuerdo. Cláusula por cláusula, artículo por artículo... Fríos, severos. Los ingresos después del matrimonio se integrarían a un fideicomiso familiar, administrado por una persona designada. Todos los bienes adquiridos antes del matrimonio debían ser notariados y se debía firmar una declaración de renuncia. Si el matrimonio llegaba a su fin, ella solo recibiría una "compensación razonable", cuyo monto sería determinado por la familia Gómez. Incluso temas como la planificación de hijos, los círculos sociales y el lugar de residencia después del matrimonio estaban especificados al detalle y rigurosamente limitados. No era solo un contrato. Era una negación total a sus siete años de entrega, incluso a su valor como persona. Ponían precio a su amor, lo arrojaban a sus pies y le decían: esto es lo que vales. No esperes más. Sentía el pecho lleno de algodón empapado en agua helada: pesado, frío, casi sin poder respirar. Respiró hondo, contuvo el nudo en la garganta y miró a la mujer de modales elegantes que tenía enfrente. —No voy a firmar —dijo con voz no muy alta, pero clara. Norma no pareció sorprendida. Incluso se vislumbró un destello de burla predecible en sus ojos. Dirigió la mirada hacia la espalda de Rosa y elevó la voz. —Esta es la persona con la que insistes en casarte. Mírala. Al final, todo era por dinero. Rosa se quedó rígida. Giró la cabeza y vio a Francisco entrando apresuradamente por la puerta de la cafetería. Su mirada se posó primero en la cara pálida de Rosa, y luego en los documentos extendidos sobre la mesa. Su expresión cambió de inmediato. —¡Mamá! —Se acercó a la mesa en unos pasos, conteniendo la furia en la voz—. ¿No habíamos quedado en que yo me encargaría de esto? ¿Cómo se te ocurre venir directamente a hablar con Rosa? Norma recogió los papeles con parsimonia. Miró a su hijo y respondió con tono indiferente: —¿Esperar a que tú lo hagas? ¿Esperar a que te ablandes? ¿A que ella te controle? Volvió a mirar a Rosa con su habitual actitud altiva. —Si crees que la compensación no es suficiente, podemos negociar. Los años de sufrimiento junto a Francisco se pueden traducir en una cifra que te deje satisfecha. Pero si te quieres casar, este acuerdo se tiene que firmar. "Compensación, cifra". Esas palabras eran como hierros candentes marcándose en el corazón de Rosa, ya hecho pedazos. De pronto, todo le pareció casi ridículo. Por todas las veces que trató de agradar con cautela, por aquellas noches sin esperanza, y por ella misma, por seguir sintiendo dolor en ese instante. Se puso de pie, tomó su abrigo del respaldo de la silla y, con la mirada serena, pasó por encima del semblante desencajado de Francisco hasta fijarse en el de Norma. —Señora Norma, me parece que hay algo que usted ha malinterpretado. —No tengo intención de casarme con su hijo. Así que este documento... No me corresponde firmarlo. Dicho eso, se dio la vuelta y se dirigió a la puerta. En el momento en que abrió la puerta de vidrio, una ráfaga del viento helado del invierno entró de golpe, dispersando el aire sofocante de la cafetería y llevándose consigo su última confusión. Pareció oír a Francisco llamarla por su nombre desde atrás. Pero no regresó.

© Webfic, todos los derechos reservados

DIANZHONG TECHNOLOGY SINGAPORE PTE. LTD.