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Capítulo 22

—Gustavo, tú la cuidaste y te lo agradezco. Pero ella es mi esposa, y lo será por el resto de mi vida. No voy a soltarla. La mirada de Gustavo se puso afilada instantáneamente, como una hoja recién desenvainada, cargada de una frialdad y una advertencia que no intentó disimular. —¿Tu esposa? —Dijo con una sonrisa helada—. Señor Cipriano, el divorcio ya se tramitó, y el anuncio se publicó en el periódico. ¿Necesitas que te recuerde que ustedes, en este momento, legalmente, son completos desconocidos? —La vida de Bianca dejó de tener algo que ver contigo hace mucho. —La voz de Gustavo no fue alta, pero sí firme, cargada de una autoridad y un sentido de posesión imposibles de cuestionar—. Ahora soy yo quien la cuida. Antes no supiste protegerla. De ahora en adelante, tampoco te necesita. Cipriano yacía inclinado sobre la cama del hospital. El dolor punzante en la espalda lo atacaba en oleadas, nublándole la vista y empapándole la frente de sudor frío. Pero su mirada seguía fija en Gustavo

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