Capítulo 19
La mirada de Alfredo se estremeció ligeramente.
El asistente continuó hablando: —Ella es como el fuego que arde con fuerza, con autenticidad. Antes, cuando usted estaba cerca, ella ardía a su alrededor. Tal vez le parecía demasiado intensa, tal vez le molestaba. Pero ahora... Ese fuego se ha extinguido, y todo ha quedado frío, oscuro, y tan silencioso que da miedo.
Un "¡pum!" suave sonó cuando los dedos de Alfredo golpearon inconscientemente el cristal de la ventanilla.
Giró bruscamente la cabeza y miró hacia la ciudad: ese bosque urbano, frío, brillante, pero carente de todo calor. Las palabras del asistente lo golpearon como un martillo directo al corazón.
Toda la justificación que había sostenido hasta ahora se desmoronó en ese instante.
Tuvo que admitirlo: esa mujer a la que una vez calificó como "una carga", "una responsabilidad", ya había encendido en su vida ordenada y rígida una tierra abrasadora y luminosa que nada ni nadie podía reemplazar.
Ese lugar estaba lleno de su risa,

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