Capítulo 18
Cuando el equipo de rescate llegó, ya eran las tres de la madrugada.
El rostro de Isabela estaba cubierto de lágrimas y diminutos cristales de hielo; sus manos, enrojecidas por el frío, no dejaban de temblar.
Aun así, sostenía la linterna con obstinación y avanzaba junto a los rescatistas, revisando cada rincón al pie del acantilado.
—¡Aquí están! ¡Traigan la camilla, rápido! —Gritó de pronto uno de los integrantes del equipo.
Al oír el llamado, Isabela corrió hacia allí a trompicones.
Daniel yacía entre un montón de rocas, con un charco de sangre oscura extendiéndose bajo su cuerpo.
No muy lejos, el cazador furtivo estaba tendido en la nieve, ya sin vida.
—¡Sigue respirando! ¡Vengan, hay que subirlo y llevarlo al hospital!
Isabela se arrodilló en la nieve y tomó entre sus dedos la mano helada de Daniel.
En la caída, su bufanda se había aflojado y media cara quedaba expuesta a la luz de la luna; aun así, la noche era tan densa que ella no lograba distinguirlo con claridad.
Solo alcanza

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