Capítulo 25
Bianca llevaba puesta una bata estéril y permanecía de pie frente al cristal, observando en silencio al hombre aparentemente sin vida que yacía dentro.
Había pasado poco más de un mes sin verlo, y ya estaba irreconocible: había adelgazado hasta perder la forma, con las mejillas hundidas, una barba oscura y descuidada cubriéndole la barbilla, y todo su ser desprendía una profunda sensación de abatimiento.
No quedaba ni rastro del antiguo señor Cipriano, frío y severo, erguido como un pino, imponente y firme.
Gustavo estaba a su lado, rodeándole apenas los hombros con el brazo, ofreciéndole un apoyo silencioso.
Podía sentir la rigidez de su cuerpo y el leve temblor que no lograba contener.
—Si quieres entrar a verlo, hazlo. —La voz de Gustavo apareció junto a su oído, suave, cargada de comprensión y tolerancia—. Yo te espero.
Las largas pestañas de Bianca temblaron ligeramente. Tras un largo momento, asintió con un gesto casi imperceptible.
Se puso la bata estéril, empujó aquella pesada

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