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Capítulo 5

Al poco tiempo, el doctor vino a hacer su ronda. Tras examinar las heridas de ella, arrugó la cara. —Señorita, sus quemaduras deberían sanar sin mayores complicaciones, siempre y cuando se le cambien las vendas a tiempo y se evite cualquier infección. Lo preocupante es la lesión en su brazo. Debido al impacto y al retraso en el tratamiento, hay daño en los ligamentos y en los nervios. Me temo que... ya no podrá levantar objetos. El corazón de Jacqueline dio un vuelco. —¿No podré levantar peso? Entonces... ¿qué pasa con trabajos delicados de laboratorio? Por ejemplo, ¿manejar instrumentos, registrar datos? El doctor negó con la cabeza, con expresión de pesar. —Muy difícil. Este tipo de daño nervioso afecta la sensibilidad y la estabilidad de los dedos. A menos que... —¿A menos que qué? —Jacqueline preguntó. —A menos que se someta a una nueva cirugía de reparación. Pero, para lograr el mejor resultado posible y evitar que los anestésicos interfieran con los nervios, la operación no puede hacerse con anestesia general ni local. —El doctor la miró con gravedad—. El procedimiento es tan doloroso como raspar el hueso con un cuchillo en los tiempos antiguos. Es un sufrimiento extremo. Y no hay garantía total de éxito. Señorita, en realidad, solo no podrá levantar cosas, su vida cotidiana no se verá muy afectada. No tiene por qué pasar por ese sufrimiento. Jacqueline no dudó ni un segundo. —Doctor, lo haré. —¿Usted...? —Tengo que hacerlo. —Su mirada era firme. ¡Sus manos debían seguir sirviendo para la investigación! El doctor intentó convencerla durante un buen rato. Al ver que ella no cedía, no le quedó más remedio que suspirar y aceptar, y programó la cirugía. Las horas dentro del quirófano fueron la experiencia más larga y dolorosa que Jacqueline había vivido en su vida. El bisturí cortó su carne con precisión, tocó el hueso, raspó el nervio... Cada minuto, cada segundo, iba acompañado de un dolor tan agudo y punzante que rozaba el desmayo. El sudor empapó su bata quirúrgica. Sus dientes mordieron los labios hasta hacerlos sangrar. El sabor de sangre invadía su boca. Fijó la mirada en la luz cegadora sobre su cabeza. En su mente aparecían imágenes: Daniela recibiendo un premio con todo el glamour en su vida pasada, el semblante indiferente de Augusto, la mirada de desprecio de su hijo y... ese informe de investigación ardiendo en la chimenea. No sabía cuánto tiempo había pasado, pero al fin, la cirugía terminó. Cuando Jacqueline fue llevada de vuelta a la habitación, ya estaba tan agotada que no tenía fuerzas ni para levantar un dedo, pero en lo más profundo de su mirada ardía una pequeña llama, débil pero obstinada, que se negaba a extinguirse. En los días siguientes, permaneció sola en el hospital, recuperándose de sus heridas. Augusto le contrató a la mejor enfermera y, de vez en cuando, iba a verla acompañado de Víctor, llevándole suplementos. Pero nunca se quedaban más de unos minutos, antes de que Daniela los llamara con cualquier pretexto. Jacqueline nunca los retuvo, ni preguntó nada. Hasta el día en que le dieron el alta. Jacqueline hizo todos los trámites por su cuenta, empacó unas pocas pertenencias y, justo al salir del hospital, vio el jeep militar de Augusto estacionado al borde de la acera. Él y Víctor bajaron del vehículo. Augusto se acercó a paso rápido, tratando de tomar el equipaje de sus manos. —¿Ya terminaste los trámites? ¿Por qué no me avisaste? Vamos, volvamos a casa. Jacqueline esquivó su mano. El movimiento de Augusto se detuvo, haciendo mala cara. Víctor también corrió hacia ella, levantando la cabeza para mirarla. —¡Mamá, yo te ayudo! La mirada de Jacqueline pasó sobre ellos, dirigiéndose al interior del vehículo... En el asiento trasero, sentada con un abrigo militar sobre los hombros, estaba Daniela. Augusto siguió la dirección de su mirada y por un instante mostró incomodidad. Trató de explicar. —Daniela también sale hoy del hospital, así que... aprovechamos para pasar a comer algo juntos, digamos que... para celebrar tu recuperación y también la de ella. Jacqueline no dijo nada, solo subió al auto. El automóvil se detuvo frente a la entrada de un restaurante. Una vez dentro, Augusto y Víctor pidieron los platos con notable familiaridad, todos los favoritos de Daniela: costillas al ajillo, pescado al vapor, verduras salteadas sin ajo... Jacqueline se sentó en silencio a un lado, sin sentir ninguna emoción. Cuando sirvieron los platos, una mesera se acercó sonriente. —Disculpen, nuestro restaurante acaba de inaugurar y estamos organizando una actividad divertida llamada "Familia Feliz". Consiste en un juego de preguntas de afinidad para tres miembros de la familia. ¡Si responden todo correctamente, hay premio! Ustedes se ven como una familia encantadora, con un niño tan lindo... ¿Quieren participar? ¡El premio es un bonito modelo de avión! Al escuchar "modelo de avión", los ojos de Víctor se iluminaron y jaló la mano de Augusto. —¡Papá! ¡Quiero participar! ¡Quiero ese avión! Él volvió a jalar a Jacqueline. —¡Mamá, vamos juntos! Pero ella apartó con firmeza su mano. —No me siento bien —respondió con voz serena—. Vayan ustedes tres. Ustedes parecen más una familia feliz. Al escuchar eso, tanto Augusto como Víctor se quedaron pasmados. El semblante de Augusto se ensombreció: —Jacqueline, ¿sabes lo que estás diciendo? —Sí, lo sé. —Ella tomó su vaso y dio un sorbo—. Digo que deje que la señorita Daniela me reemplace. Daniela, al ver la situación, intervino para aliviar la tensión, con un tono suave y algo cauteloso. —Augusto, si Víctor tiene tantas ganas y Jacqueline no se siente bien... ¿qué te parece si por esta vez yo me hago pasar por su mamá y los acompaño a jugar? Después de todo... siempre lo he considerado como si fuera mi hijo. No hay problema. Augusto miró los ojos ansiosos de su hijo y luego la expresión indiferente de Jacqueline. Una ira inexplicable, mezclada con un malestar indefinible, se le subió al pecho. Al final, dijo con voz grave: —Vamos. En el escenario había varias familias. Las preguntas del presentador eran todas sobre las preferencias de la mamá. —¿Cuál es la fruta favorita de mamá? —¿Qué color detesta mamá? —¿Cuándo es el cumpleaños de mamá? —¿Cuál es el platillo que mejor cocina mamá? —¡A mamá le encantan los duraznos! —¡Mamá odia el color amarillo! —¡El cumpleaños de mamá es el quince de agosto! —¡El plato que mejor cocina mamá es... estofado de costillas! Los resultados no dejaron lugar a sorpresas: las respuestas escritas por Augusto y Víctor coincidían con los gustos de Daniela. El público estalló en aplausos. El presentador, sonriente, comentó: —¡Parece que los dos adoran a mamá! ¡Se acuerdan de todo! ¡Felicidades, han acertado todas las preguntas! Víctor saltó de alegría. El presentador continuó: —Pero para ganar el premio final, falta un último ritual de amor... ¡Le pedimos al papá que le dé un beso en la mejilla a la mamá o que la mamá bese al papá en la mejilla, para mostrar el amor y la calidez familiar! ¡Un fuerte aplauso para animarlos!

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