Capítulo 11
La ceremonia había quedado completamente arruinada.
David y Esteban, sin embargo, no tuvieron tiempo de ocuparse de recoger el desastre.
Corrían hacia la Zona Gris como si hubieran perdido el alma.
Aquella vieja puerta de madera no estaba cerrada con llave.
Al empujarla, el interior se reveló vacío, con solo un persistente olor a moho que no se disipaba.
En la tienda no había luz.
Con la ayuda del resplandor de la luna del exterior, David distinguió aquella cama extremadamente rudimentaria.
Sobre la cama solo había una estera de paja tan fina que dejaba pasar la luz.
Ese era el lugar donde vivía Luisa.
En invierno se colaba el viento; en verano, la lluvia se filtraba.
Esteban se arrodilló junto a la cama, y sus manos tantearon a ciegas bajo la estera.
No creía que ella no hubiera dejado nada.
—Aquí... hay algo...
Su mano tocó un objeto duro.
Al sacarlo, vio que era una bolsa de papel.
Como antes la había pisado sin querer, la bolsa ya estaba rota.
De su interior cayeron un par de rodil

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