Capítulo 15
La vida de Luisa en el Santuario era plena.
Ya no era el apéndice de nadie ni una humilde limpiadora.
Era la fe de aquel grupo de vagabundos.
Cada mañana, diluía su propia sangre en el agua del manantial y la rociaba en cada rincón del campamento.
¿Y en cuanto a los gemelos de la tribu?
Al principio los había odiado, pero el odio también consumía su energía y, con el tiempo, ni siquiera le quedaban ganas de pensar en ellos.
Después de todo, aquellos dos hermanos ya se habían convertido en prisioneros, y cada uno padecía episodios de manía; sin ella, no podrían sobrevivir mucho tiempo.
Entonces, ¿para qué matarlos con sus propias manos?
Era mejor dejarlos vivir un poco más: que cada día de su existencia estuviera lleno de arrepentimiento y dolor interminables.
Eso sí que la desahogaba.
Aquella tarde, llevaba una cesta de bambú a la espalda y se internó en lo profundo del pantano para recolectar una hierba purificadora especial.
Aunque el lugar había sido purificado en parte, las profund

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