Capítulo 14
Ambos se apoyaban mutuamente y regresaron en secreto al sótano de la casa principal.
Sin embargo, al empujar aquella pesada puerta de hierro, ambos quedaron paralizados.
La sala de tortura estaba completamente vacía.
Los instrumentos de castigo y las sábanas que antes estaban manchados con la sangre de Luisa ahora se encontraban impecablemente limpios.
En el aire no restaba ningún olor.
No había rastro de sangre, y mucho menos aquel tenue aroma de feromonas que pertenecía a Luisa.
—¿Y el olor?
Esteban se lanzó al interior, se arrojó sobre la cama de hierro y aspiró con fuerza. —¿Por qué no hay ningún olor?
David permanecía de pie en la entrada, con los dedos clavados en el marco de la puerta, las uñas rotas.
—Purificación.
Lo dijo en voz baja. —Es una habilidad innata del lobo blanco. Antes de irse, purificó todos los rastros que le pertenecían.
Ella no quería que la encontraran.
Ni siquiera estaba dispuesta a dejarles la más mínima huella.
La desesperación llegó como una marea, a punt

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