Capítulo 5
Luisa no regresó a la cocina; cruzó el pasillo y se dirigió hacia la puerta.
En un rincón había una cesta de mimbre para gatos y, dentro, un gato regordete estaba acurrucado, durmiendo la siesta.
Era un gato callejero que ella y Miguel habían recogido a la entrada del callejón el año en que abrió el restaurante.
En aquel entonces, el gatito estaba tan flaco que parecía hecho solo de piel y huesos; Miguel arrugó la frente diciendo que estaba sucio, pero aun así no fue capaz de permitir que una vida se extinguiera de ese modo, al ver que el gato apenas podía moverse.
Así que Luisa tomó prestado su pañuelo, llevó al gato a casa y le puso por nombre Oliva.
—Oliva. —Se agachó ella, tomó al gato en brazos y hundió los dedos en su espeso pelaje—. ¿Hoy viste las caras de esa gente?
El gato bostezó en su regazo.
Luisa sacó un peine del cajón contiguo y empezó a cepillarlo despacio; su voz era muy suave.
—Me desprecian, creen que no estoy a la altura de Miguel. Pero cuando la familia Ortega cayó en desgracia, todos les cerraron las puertas; fui yo quien lo acogió.
—Ahora que él ha alcanzado el éxito, vuelven a rodearlo y dicen que yo lo freno. —Cortó un poco de uña sobrante de la garra del gato—. ¿No te parece ridículo?
Oliva levantó de pronto las orejas, se zafó de su abrazo y saltó al suelo, corriendo hacia el otro extremo del pasillo.
Luisa alzó la vista y vio a Miguel de pie allí.
Él se inclinó, tomó al gato en brazos y caminó hasta colocarse frente a ella. Oliva se retorcía inquieto en su abrazo; él lo sujetó con suavidad y miró a Luisa.
—Luisa —su voz se suavizó un poco—, no te tomes a pecho lo que se dijo hace un momento. El profesor Ernesto es mayor y habla sin medir.
Luisa no tomó al gato; solo lo miró. —¿Y tú? Miguel, ¿piensas distinto a ellos?
Se quedó un instante desconcertado. —¿Cómo podría pensar eso? Sé que eres muy capaz; todos estos años...
—Entonces dime —lo interrumpió Luisa—, Adriana ha vuelto esta vez a buscarte, ¿de verdad crees que lo hace por añoranza y no porque ve que ahora has triunfado y quiere aprovechar tu fama y tus contactos?
Miguel arrugó la frente. —Luisa, Adriana no es ese tipo de persona. No pienses que todos son tan utilitaristas como tú.
Apenas salieron las palabras, él mismo se quedó paralizado.
Luisa lo miró; al ver el destello de arrepentimiento que cruzó su cara, de pronto sonrió.
Sonrió con alivio y también con cansancio.
—Está bien —hizo un gesto con la mano—, vuelve. La señorita Adriana todavía necesita que la atiendas.
Antes de que terminara de hablar, la voz de Adriana llegó desde el otro extremo del pasillo. —¿Miguel? Así que estabas aquí. Armando ha llegado y dice que tiene que verte.
Ella se acercó a paso rápido y, al ver al gato en brazos de Miguel, se le iluminaron los ojos. —¡Qué gato tan adorable! Déjame tocarlo...
Apenas extendió la mano, Oliva arqueó de pronto el lomo, lanzó un siseo bajo y sacó las garras de golpe.
—¡Cuidado! —Miguel se giró de lado y bloqueó el movimiento.
Adriana retrocedió un paso, asustada; la cara se le puso pálida.
Miguel dejó al gato en el suelo; Oliva salió disparado y se escondió detrás de la cesta.
—Luisa, hablaremos más tarde. —Miguel la miró una vez y se dio la vuelta para marcharse con Adriana.
Ella se quedó de pie en el mismo lugar, viendo cómo sus espaldas desaparecían al final del pasillo.
Regresó a casa; justo entonces llegaron los documentos del abogado.
Era un fajo grueso: el detalle de todos los gastos que ella había asumido por Miguel durante diez años, acompañado de un nuevo acuerdo de divorcio.
Las cláusulas eran claras, el reparto preciso; incluso se especificaba que la custodia de Oliva quedaba para ella.
Dejó los documentos a un lado y empezó a recoger las cosas de Miguel.
En realidad, no eran muchas: unas cuantas camisas, varios trajes, algunos útiles de pintura y unas revistas de arte.
Su rastro en aquella casa siempre había sido tenue, como el de un huésped listo para marcharse en cualquier momento.
Metió las cosas en cajas y, junto con el libro de cuentas y el acuerdo de divorcio, llamó a un mensajero; en la dirección escribió: casa de los Ortega.
Cuando terminó, se acercó a la ventana para tomar un poco de aire.
La Boston nocturna seguía resplandeciente, pero en el horizonte lejano había un resplandor rojo anómalo.
Luisa entrecerró los ojos y miró con atención.
Aquel resplandor se hacía cada vez más intenso; una densa columna de humo se elevaba. ¿Era esa la dirección de la Calle del Congreso?
El corazón le dio un vuelco; tomó el teléfono y llamó al restaurante.
Tono ocupado.
Llamó de nuevo a Santiago.
Del otro lado llegaron voces caóticas, sirenas y el grito de Santiago, con la voz quebrada.
—¡Señorita Luisa! ¡El restaurante... el restaurante se ha incendiado! ¡Todo el edificio está ardiendo!
Luisa sostuvo el teléfono y miró el fuego que se elevaba hacia el cielo fuera de la ventana.
Las llamas se reflejaban en sus pupilas, palpitando una y otra vez.
Como diez años de vida, reducidos a cenizas.