—Levanta un poco la cintura; la necesito así.
Malena Reynoso abrió los ojos de golpe y descubrió que estaba a horcajadas sobre el abdomen firme y marcado de un hombre, con ambas manos apoyadas en su pecho.
¿Raúl Salazar? ¿Había renacido? ¿Y había renacido justo en la noche en que le había dado drogas a él, siempre tan rígido y reservado?
Malena se quedó paralizada unos segundos; luego se apartó de encima de él y se sentó en la alfombra. Alzó la vista hacia el espejo de cuerpo entero. En el reflejo apareció un rostro deslumbrante: piel clara, facciones delicadas, la mirada ligeramente rasgada y elevada en las comisuras, con un dejo de sensualidad perezosa.